La cámara indiscreta (God, please, bless America)

Los norteamericanos decretan God, bless America no como una plegaria sino como una sentencia: Dios bendice a América. Tras tres años de vivir en sus tierras aún trato de comprenderlo.

El tráfico en la ciudad donde vivo se encuentra organizado a la perfección. Las señales son oportunas y encierran un mensaje certero. Por ejemplo, Stop simboliza deténgase, y más vale hacerlo so pena de ser embestido, mientras que Dead End significa “no se meta por aquí porque no hay salida”, lo cual, si se hace la prueba, también resulta cierto.

Cuando manejo por las calles freno con anticipación, acelero con devoción, no fumo, soy cortés, cedo el paso, no uso el claxon, en fin, soy una lady del volante. Hace unos días, me ocurrió algo extraordinario que le comenté a mi esposo:

─En el último semáforo que crucé hoy, una luz como la del flash de una cámara se encendió justo cuando pasaba por debajo

─¿Te pasaste en rojo?─ adivinó cual gitano.─ El flash que viste fue el de la cámara instalada en el semáforo que toma fotografías de las placas de los vehículos infractores. Mañana tendrás que pasar a un banco a pagar la multa.

«¿Cámara? ¿Multa? Vaya, vaya, un mundo nos vigila», pensé.

Al día siguiente, después de armarme de valor para salir a la calle, abordé mi vehículo huyendo de la pelea canina entre las mascotas alemanas de mis vecinos hondureños, dos muchachos que no rebasan los quince años y están permanentemente conectados a sus ipods a través de sus audífonos. (A veces, creo que se trata de unas sondas que los alimentan pues jamás los retiran de sus orejas).

Encendí el motor para marcharme, mas me detuvo una llamada de mi esposo.

─Hay una alerta de tornado─, me advirtió con agitación.

─¿Qué hago? ─pregunté incrédula puesto que el cielo se veía nublado pero no soplaba el viento.

─Toma las llaves de tu automóvil, tu pasaporte y enciérrate en el baño ─me instruyó.

Hasta entonces supe por qué el cuarto de baño carecía de ventanas para ventilarse: es un refugio para resguardarse ante un desastre natural.

Sentada en el suelo frente al lavabo escuché cómo, de un momento a otro, los árboles comenzaron a agitarse con violencia y el viento hizo retumbar las paredes. Luego vino el silencio, la calma chicha. El ojo del huracán estaba pasando por encima de la casa. Esto duró solo unos minutos, enseguida, el viento arreció y los objetos que golpeaban la casa provocaron un ruido insoportable.

Pensé en mi familia mientras rezaba con fervor. Imaginé que la azotea se desprendería, que un remolino me succionaría y me dejaría caer sobre un camino amarillo, no, uno verde, blanco y rojo. «México lindo y querido, si muero lejos de ti…». El miedo me hizo desvariar hasta que la quietud regresó.

Con las manos amoratadas de tanto apretar las llaves me atreví a abrir la puerta del baño. Salí de la casa, alrededor todo era paz. Los hondureños, los alemanes, yo, estábamos a salvo. Mis piernas aún temblaban. ¿La ida al banco? La olvidé por completo.

─Mañana tendrás que pagar la multa con recargos─, me reprochó mi esposo.

¡Qué más da! Soy una sobreviviente, eso es lo que importa. Esa noche oré como siempre, en especial, por el hombre que me recibirá en la ventanilla del banco. Tal vez, si le cuento lo sucedido me condonará los recargos, aunque creo que en esta parte del mundo los guiños no funcionan. En fin, haré el intento. God, please, bless America.

 

Alejandra Meza Fourzán

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