Te arrimas a mí con dos antorchas en los ojos
y en la boca, un rumor de toro y furia.
Te vuelve loco saberme ajena,
ser el segundo de la tarde,
pero engañas a tu memoria
y montas un ruedo en los confines de tu tálamo.
Clavo mis dedos en tu cuello
y un par de banderillas en el lomo de tu orgullo.
Respondes con fuerza animal.
Ninguna capa de carmín habrá de salvarme
de sentir tu asta encajada en mi ingle.
Desfallezco feliz sobre la arena de este redondel de fantasía.
Me derramo, y no, no es sangre lo que exudo.

 

Alejandra Meza Fourzan ©