Mis palabras son el vientre de barro con el que te formo,
luego, me nombras,
y tus palabras son la costilla de la que me creas.
Tus versos son agua que palpita, y vienen a mí en una marea de tinta,
yo escribo, para no morir en la zozobra del silencio.

Tu lengua es mi libro, mi códice,
de tu voz parte el aire que me arrulla y me transforma,
las odas peregrinas que cruzan el océano que nos distancia y nos une.

Mis estrofas son un leve reflejo en la arena, un canto quedo que no has de oir aún,
las llamas que no se agotan,
esas que fraguan las puntas con que zurcas tus páginas para matarme de olvido.

Tu verbo es el murmullo con el que me abrazas,
la llave de la aldaba de mi alma,
y aunque eres tú quien empuña el lápiz, soy yo quien me revelo.

 

Ale Meza Fourzan