Yo, quería que adoptásemos un perro, ella, una pecera con medusas. Cuando nos mudamos a este nuevo departamento, me suplicó que le concediera su deseo. Conseguí una enorme pecera a través de mi amigo, el biólogo, quien me contactó con el proveedor del acuario y adquirí un par de medusas en el mercado ilegal del puerto. (Todo puerto que se precie de serlo, lo tiene). En ese entonces, la sola idea de vivir juntos era capaz de sostener el peso de nuestros sueños y su alegría pobló los muros descalzos y los salones sin mobiliario de nuestro pequeño hogar, sin embargo, el amor no es perpetuo como lo es la muerte y tras doce meses de fracasos económicos, el desencanto de los salones vacíos terminó de vaciar su corazón.
De mi boca veo emerger saliva negra. Miro la pecera, las medusas se tornaron de color negro, ya no circulan ni se inflan. La veo salir de nuestra habitación con una valija. «Probé el veneno con las medusas, no tienen cerebro ni corazón, pero morirán de asfixia como tú ─y continúa, sarcástica─, me voy, porque aquí no hay vida». No puedo siquiera replicarle: mi cuerpo está paralizado y antes de que el veneno termine de estrangularme, por mi mente cruza una última idea, esa de que yo, solo quería que adoptásemos un perro.
Ale Meza Fourzan
Temo que esa relación no vuelva a renacer. Verdad?
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No, para nada. Jajaja
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¡Que perturbador te quedo este!
Naturalmente, siento que a esa chica le fallaba la moral y el sentido práctico. Aunque, ¿quien sabe realmente lo que pasaba ahí?
Sólo queda el desasosiego.
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Gracias por leerme. 🙂
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