Cuento corto: Pedro López, un chilerito en la vida de Carola

Con gran gusto les compartiré durante las siguientes semanas, el maravilloso resultado del MÓDULO DOS correspondiente CUENTO CORTO. Continuamos con el de LUISA CAROLINA HERNÁNDEZ TORRES.

No olviden dejarme sus comentarios.


Todo empezó una mañana de marzo allá por el año de 1976 recién iniciada la Primavera; justo ahí me encontraba en algo mucho más duro que mi nido y con una mezcla de aromas nuevos; fue entonces cuando crucé la mirada con ella… en mi corazón me dije:
“A partir de este momento le voy a dar a Carola el Gran Regalo de Acompañarla no solo en este fragmento de su niñez sino a lo largo de toda su Vida. Tendré tal significancia y trascendencia en ella que querrá contar de mí a través de un bello cuento”.
Al ir narrando cada anécdota que vivimos la Pasión manifiesta a través del latido de Su Corazón será suficiente para que termine por decidirse a extender sus alas y volar en nuevos aires así como lo hice yo en el atardecer de un Invierno del año de 1977… después de dos intentos previos
Al Mostrar su Sí en su Vuelo pondrá en evidencia como la Vida con Propósito y Sentido no solo es Inherente al Humano sino a todo Ser Existente.
Yo, Pedro López, un pajarillo grisáceo con mancha negra en su pecho cuyo tamaño no rebaso los 12 centímetros y muy muy común en muchas partes del mundo… te invito a volar al mundo de los recuerdos, donde el pasado es inexistente, pues quien decide ir en esa dirección, lo que encuentra es un presente más que vivido ya que le es permitido encontrar en cada viaje una espiral inacabable.

Nuestra Primavera

Me tomó en sus manos, ambos contactamos un calorcito diferente; vi como volteó hacia el cielo, no supe en cuál de esas dos gigantes palmeras se detuvo… “Seguro creyó que me caí de mi Nido, lo cierto es que mi caída viene de más lejos”.
Su sonrisa aún está grabado en mí. Caminó sigilosamente, me invitó a entrar en su casa. Hizo de una pijama mi nuevo nido, la colocó en una cajita “creo que para evitar otra caída más”.
Según escuché en conversaciones ya me habían precedido otros chileritos en su vida desde que tenía 5 años, ninguno se había logrado. Yo me sentí confiado, era alguien con experiencia.
Durante Nuestra Primavera aprendí a probar, saborear otros alimentos. En un principio me resistí a lo desconocido pues me aferraba a la comida de mi madre pájara. Cerraba mi piquito, Carola me tocaba con sus dedos la parte más blanda de mi pico y por la sensación un poco dolorosa, lo abría y aprovechaba para introducirme ese delicioso pan con leche.
Con tal nutrición fui creciendo, me dieron las ganas de explorar más allá de mi cajita, daba brinquitos y me regresaba, me llamaba con un sonido que era común escuchárselo cuando volteaba a verme, ahora sé que es Mi Nombre: ¡hay tantos pedros y tantos López!
¡Un día decidí explorar más y ¡ZAS! Un susto me llevé… ante mis ojos apareció un ser orejudo a quien le gritaron “¡MOTITA!” Ella sin embargo, se acercó cauta, me olfateó. Bastó ese encuentro para que hiciéramos mijas, nos correteábamos divirtiéndonos a lo grande. Quizás de preguntes el por qué no utilizaba mis alas…Yo no sabía aún para qué eran, incluso ni tenía conciencia de ellas.

Nuestro Verano

¡Mis alas! ¡Mis Alas! Mis ALAS…. ¿Cómo descubrí para qué eran? Un día salimos de casa llegamos a un lugar donde no había paredes, se sentía mucho calor, corría el viento y con ello por momentos polvo. Vi que Carola sacó esos palitos a los que le llamaban lápices. Acercó uno a mis patas y me subí. Luego alternaba de arriba abajo moviendo el lápiz, yo me aferraba con mis garras para no caerme, fue entonces cuando cobré conciencia de mis alas. Fui fortaleciéndolas.
Varias veces fuimos a ese terreno y me fui atreviendo a más. Volaba de un lápiz a otro. En un principio cercanos el uno con el otro, así se fue acercando el gran momento de ponerme a prueba… invitó a alguien de su familia quien sostenía uno de los lápices y Carola el otro. ¡UF! Mi Corazón aún se emociona de mis primeros intentos de vuelo en línea recta.
Con este Gran aprendizaje, llegamos a casa y me atreví a explorarla toda… solo que ahora lo haría volando. Antes dependía totalmente de ella para ir y venir.
Mi Nido estaba en el segundo piso, en la recamará de ella justo atrás de su puerta, era una pijamera con rostro de una humana de tez negra. Decidí sorprenderla. Un sábado ya en el atardecer cuando ya estaba en él durmiendo escuché que salió corriendo a recibir a su padre que regresaba de viaje, sin más ni más, la seguí volando al primer piso. Mientras ella se dejaba abrazar por su padre, yo me paré en el hombro de su progenitor, lo picotié y me regresé a dormir.

Nuestro Otoño

Los días transcurrieron, el calor fue cediendo a momentos más fríos por las mañanas. Adiós a ese compartir paletas de hielo justo cuando se las llevaban a la boca y me colocaba en su mano, no les quedaba otra más que darme pedacitos de ella.
A estas alturas era todo un experto en el vuelo, al menos dentro de casa lo era.
En estas fechas buscaba el calor del Sol, así que buscaba los rayos que se traspasaban a través de las ventanas, esto me llevó a mirar un nuevo mundo donde a lo lejos percibía otros como yo y unos más grandes que yo.
Un día corrí el riesgo, aproveché el salirme por una puerta sin que se dieran cuenta…era tanto el frío que me regresé y en mi regreso si se dieron cuenta. ¿Cómo fue esto? Resulta que vi que alguien llegó a casa y tocó a la puerta, entonces… esperé, esperé hasta que le abrieran. ¡Cuál fue mi sorpresa que el papá de Carola es quien abrió! Entré a gorro, lo seguí volando y me di cuenta de que estaban desayunando. Aproveché la oferta y empecé a acercarme a los platos de ellos, el comer me permitió tranquilizarme poco a poco pues era mucho que asimilar. Escuchaba como conversaban sobre lo que había hecho.
En este Otoño decidí pasar momentos de diversión, no todo era volar. Después de la experiencia vivida requería reafirmarme en mi seguridad. Algo lindo era ir tras las monedas: ¡sentir el piso y detenerlas. Una tras otra dibujaba sonrisas.
También momentos de servicio me permitieron encontrar la reflexión necesaria. Se avecinaban tiempos con un reto mayor. A Carola le gustaba coser, así que ella introducía la aguja en la tela y justo en el momento en que salía la punta, yo la tomaba y daba brinquitos hasta que el hilo se estiraba todo, luego regresaba y le daba la aguja. Así transcurrían los minutos, las horas….

Nuestro Invierno

En vísperas a Navidad y Fin de año recibimos la Visita del Abuelo (el padre de su papá). Le llamaban Tata.
Algo que me encantaba de él era eso extraño que estaba en su rostro: una barba blanca. Uno a uno se los quitaba, en especial cuando se quedaba dormido en ese sillón de madera pesada y cojines rojos.
Ese lugar era el predilecto para él, yo me colocaba en el candil de la sala, esperaba paciente mientras él pasaba horas viendo un papel grande blanco con unos símbolos negros. Fijaba mi atención y donde él ponía la mirada, yo volaba y me recostaba en el papel. Era cuando escuchaba su voz: “otra vez por aquí, déjame leer mi periódico”. y yo me revoloteaba ahí mismo y nos reíamos. Muchas veces vi cómo Carola disfrutaba ver esa escena: su rostro reflejaba una satisfacción plena, quizás yo era el vehículo a través del cual se establecía una conexión con su abuelo. Me convertí en tema de conversación no sólo con él sino con el resto de su familia.
Hablando de su familia, he de confesar que los puse a prueba y se hizo eminente lo importante que era para ellos, no solo me sentí parte, me sabía parte de ellos. Lo intenté una vez más, por segunda vez me salí a explorar el mundo. En esta ocasión todos, absolutamente todos se dieron cuenta, siendo vacaciones estaba la familia completa. En esta ocasión me quedé en un cable de electricidad. Unos desde la terraza del segundo piso me gritaban y chiflaban, otros desde el jardín y unos más desde la calle. La gente pasaba y volteaba extrañada de lo que sucedía. A todos les valía, solo querían que volviera. Me animé y volé de regreso con Carola.
Yo, Pedro López ya estaba listo para emprender el vuelo, era Carola y su familia quien aún no lo estaban del todo. Así que dejé que se asentará la experiencia y en los primeros días de enero emprendí el Gran Vuelo.
Ciertamente lloraría, me extrañaría… Ella no lo sabía y mucho menos su familia… el año que entra, en 1978, por esas mismas fechas su padre Volaría y trascendería esta condición de Vida.

¡Nuestra Canícula!

Han transcurrido los años, ha crecido Carola no solo en edad sino en la profundización del para qué decidió existir. Después de mí muchas más aves han llegado a su Vida; y tras las aves los gatos, los perros. Hay quien le apodaba la pájara.
Su conexión con la Vida empezó con el calor de su madre y su padre, luego: hermanos, primos, amigos, compañeros, esposo, sobrinos, infinidad de humanos Su alta sensibilidad le ha implicado en vez de volar ir dando brinquitos para explorar emprendiendo su vuelo.
Al momento de releer este relato en su garganta se forjará un nudo, sus ojos se humedecerán, se morderá los labios, se detendrá, hará una pausa y suspirará…. es entonces, cuando una lágrima emergerá de su ojo izquierdo para luego sumarse una más de su ojo derecho…estará escuchando un tango en donde la danza de dos imprime tal huella que volará, Volara…VOLARA al mundo de las infinitas posibilidades. Se dirá así misma ese SÍ que desde su origen ha estado y que le fue dado desde muy lejos y que forma parte de ese Gran Campo Ancestral con quien se sabe UNA en su muy particular manifestación.
Paso a Paso…. Momento a Momento…. Entre silencios y armonías … Me es permitido estar ahí. Pudiese
parecer que todos somos iguales más no es así, por más pequeños Somos Vida… todos provenimos y somos sostenidos en Ella… bajo un propósito co-existimos y somos co-creadores. Este SOY YO… a quien llaman Pedro López, un pajarito común cuyo tamaño no rebaso los 12 centímetros., un chilerito grisáceo con mancha negra en su pecho que llegó a la vida de Carola en esos inicios de primavera, allá por el año de 1976.

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