Cuento corto: Ángela

Con gran gusto les compartiré durante las siguientes semanas, el maravilloso resultado del MÓDULO DOS correspondiente a CUENTO CORTO. Continuamos con el de GABRIELA TANNER.

No olviden dejarme sus comentarios.

Nije rewalá ko jú (mi nombre es) Ángela, nací cerquita de Uruachi en la Sierra Tarahumara
en la casa que mi onó (padre) construyó hecha con troncos macizos de encino. Está rodeada
de elevadas montañas cubiertas de pinar, justo ahí donde el iká (viento) suele pasear,
bordeada de arroyos cuyas aguas cristalinas corren alegres, ladera abajo cerca de las parcelas
que siembra mi onó (padre).

Cultivamos maíz y frijol, todos ayudamos en esa labor. Se barbecha la tierra y quedan los
surcos al sol, luego tiramos las semillas, las lluvias hay que esperar. Para el otoño, si las aguas
fueron buenas, habrá cosecha que levantar.

El maíz es nuestro alimento principal, se acostumbra hacer intercambio de las semillas
nativas de la región. Hay diferentes tipos de maíz, ya que cada uno tiene diferente sabor, el
maíz azul, el blanco, el cristalino y dulce. El maíz azul se usa para el tesgüino (bebida
fermentada), el dulce nos gusta más para el kabisi (pinole), es el maíz que eyé (mamá) tuesta,
muele y luego disuelve en agua, listo para tomar, nos da mucha energía, quita el hambre y la
sed. La semilla de maíz representa todo en nuestras vidas, su cuidado, trueque y siembra son
parte de nuestra historia, tradiciones vivas de la comunidad.

No sé el día exacto en que nací; eyé (mamá) Julia, me decía:

—Ángela, fue en primavera, porque los duraznos del jardín estaban en séwa (flor) había
muchas abejas zumbando, traían tanto alboroto, ocupadas recolectando néctar de flor en flor.
—¿Y tanto alboroto podría ser porque yo nací?
—Segurito, mi tiwi (niña) Ángela que sí, no todos los días se abre una (ba ́yo ́ami séwa)
hermosa flor.
—Entonces eyé (mamá), yo Ángela soy sewá (flor).

Mi eyé (mamá) Julia enfermó de tuberculosis, tosía de día y de noche, no la dejaba descansar,
así fue de mal en peor hasta que tosía sangre que con un trapo trataba de ocultar.

Mi onó (padre) fue corriendo por el ouirúame (médico), el más cercano de la comunidad.

En cuanto llegó nos hizo salir de la casa, tenía lo antes posible que curar la enfermedad,
cargaba en un pequeño morral de tela todas sus hierbas medicinales para aliviar. Sacó el Jiculi
y lo pasó una y otra vez por el cuerpo de eyé (mamá), yo de reojo veía como le hablaba a
Onúrame (Dios padre). El trataba de equilibrar su cuerpo con el universo que seguro lo va a
lograr, mas, de pronto, he escuchado su último aliento escapar. El ouirúame (médico) voltea
a verme y me dice:

—Ángela tu madre ha dado su primer paso para seguir… debe continuar.

Mi onú (padre) y yo nos acercamos, él nos dijo:

—A la muerte no hay que temer.

Abracé a mi eyé (madre), su semblante sereno me llenó de paz. Juntos lavamos su cuerpo.
Ella era una mujer fuerte, bajita y robusta. Acaricié sus manos gruesas y rugosas de tanto
trabajar, tejedoras de cestos de palmar. Fui por sus mejores ropas, su mapáchaka (blusa) y
sus sipúchakas (faldas largas) que con una faja ancha debo atar. Envuelta en colores por
último peiné su pelo negro y grueso, le coloqué su koyera (banda) en la cabeza …

—Qué rostro tan hermoso color marrón tiene mi eyé (mamá), su sonrisa voy a extrañar.

Eyé (mamá) Julia fue envuelta en una cobija. Llegaron familiares y gente de la comunidad.
La cargaron amarrada en un palo, todos la acompañamos a sepultar. Fue cubierta con sugikí
(bebida de maíz) y kabisi (pinole) para su cuerpo alimentar. Mi onó (padre) me susurro al
oído:

—Ángela, es para que tenga fuerzas durante su viaje… que debe continuar.

Finalmente, mi eyé (mamá) fue sepultada y a un lado se dejó su cobija de lana que la
envolvía… por si le da frio. Todos con cantos le aconsejaron sobre cómo llegar a su destino
final. Me acerqué cuidadosa junto a su tumba a colocar sus huaraches para que siguiera su
camino por la Sierra.

Cuatro fiestas habrá que organizar, había música, el siriame toco la sonaja, mi onó (padre) el
violín, también se escuchaba el arpa, la guitarra y el tambor… nos envolvió una especie de
magia que nos invitó a bailar, son las danzas que le alientan su caminar.

Hoy al amanecer hemos juntado algunas posesiones de mi eyé (mamá), las hemos llevado al
barranco a arrojar. Ahí de pie al desfiladero vemos a un águila pasar, entonces mi onó (padre),
me dice:

—Ángela, esto lo hacemos para que no quede nada que a tu madre no le permita avanzar.

Después de tres vidas se convertirá en nakarópari (mariposa) lo que representará la existencia
final de su arewá (alma). La sola idea de ver a mi madre convertida en nakarópari (mariposa)
volar me dibuja una sonrisa y doy gracias a Onúrame (Dios padre) por tan hermoso final.

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