Cuento corto: Aquí estoy… feliz

Hoy concluimos con la presentación al público del maravilloso resultado del MÓDULO DOS correspondiente a CUENTO CORTO. Finalizamos con el de LORENA CAMPOS.

No olviden dejarme sus comentarios.

Volando a doce mil metros sobre el nivel del mar, en un Boing 787, hacía el intento por acomodarme para conciliar el sueño, retorciéndome en mi asiento continuamente. ¡Así son los vuelos transatlánticos: largos, ruidosos, fríos y tediosos!

Aun y cuando llevas espacio para las piernas, a un costado de la salida de emergencia, suele ser una tarea no fácil de lograr. Aunque observando a mi esposo, a mi lado, lanzar un ronquido al aire ocasionalmente, indicándome que él sí iba profundamente dormido, me daba una poca de esperanza.

Mi mente divagaba alrededor de diversos pensamientos, lo cual hacía el descanso aún más difícil. ¿Cómo estará mi padre? ¿Estarán reaccionando sus riñones con la hemodiálisis que necesitó repentinamente? ¿A mi madre y mis hermanos, cómo les estará yendo asistiéndolo junto con los médicos?

De pronto, me vuelvo a concentrar en descansar y dormir. Prendo la pequeña luz sobre mi cabeza para tener mejor visibilidad, tomo una revista y me pongo a leer, intentando arrullarme con el pasar de las letras frente a mí.

Al fallar un sinnúmero de veces, y siendo la una treinta de la madrugada en mi reloj de pulsera, opté por desplegar frente a mí la mesa destinada para los alimentos, y así poder descansar mi cabeza sobre ella, con los ojos cerrados, en una posición totalmente distinta. No imaginaba en ese momento que iba a vivir una de las experiencias más bellas e impactantes de mi vida.

En el momento en que casi me quedaba dormida escuché un aleteo, como el de un pájaro en vuelo. Pensé… “estoy soñando, cómo va a andar un ave con tremendas alas dentro del avión”. Hago caso omiso y me acomodo en la pequeña almohada nuevamente. Repentinamente siento un picoteo en la cabeza, seguido por otros dos más, diciéndome: “voltea, hazme caso, aquí estoy”, los cuales me hacen reaccionar y voltear.

“¿Pero qué es esto? ¿quién es?” -me pregunté.

Ya empezando a mostrar un poco de intriga y miedo ante la situación, al levantar la cabeza, me quedo estupefacta.

Veo una luz moviéndose, semejando a un ave, similar a una paloma, transparente, llena de energía, con contorno iluminado, y volando hacia un hueco en la parte superior del avión, como queriendo huir rápidamente, sin antes danzar frente a mis ojos, unos pequeños instantes .Y luego desapareció dejando un enorme vacío.

No podía creer que eso me estuviera sucediendo a mí, a miles de metros de altura, volando en el espacio, tan lejos de casa. No me quedó más que lanzar un suspiro, bajar la cabeza y sentir cómo rodaban lágrimas por mis mejillas.

Yo lo sabía, lo deduje, lo sentí… el alma de mi padre, o como nos queramos referir a ella, ya no estaba más en su cuerpo; era libre, y había ido a despedirse de la única manera que le era posible, al estar tan distantes uno del otro.

Convencida de que el amor entre dos seres, entre dos almas, puede ser tan grande como para llegar a tanto, se me dibujó una sonrisa en la cara y liberé mi angustia por no estar a su lado.

Al despertar mi esposo de su sueño profundo y relatarle mi suceso, él me confesó que antes de tomar el vuelo, le había comentado una persona de nuestra familia que todo indicaba que mi padre estaba ya en agonía, en su cuarto de hospital, lo cual no nos había querido comentar a mis hijas y a mí hasta estar en tierra firme. Y así fue como confirmé, que todo indicaba que lo que yo deduje, efectivamente, era lo que había sucedido.

Mi querido padre, Antonio, Toño o Toñito como solían llamarlo, dejó de existir en este mundo siendo las quince horas diecisiete minutos de mi ciudad natal, como posteriormente su acta de defunción lo indicaría. Solamente unos cuantos minutos de diferencia con la hora que había visto en el reloj, antes de su hermosa y sorprendente despedida.

No cabe duda que la vida es bella y que lo que debemos cuidar y valorar, son nuestras almas y las de todos aquellos que nos rodean. Eso era lo que mi padre quería dejarnos muy claro antes de partir.

Y no conforme con haberse ido a despedir, al entrar a la sala de llegada siendo las primeras horas del día, un poco antes del amanecer, se escuchaba en las bocinas la Quinta Sinfonía de Beethoven sonar fuertemente (música no típica en un aeropuerto a esas horas) dándonos una cálida bienvenida. Mi padre era un amante de la música clásica y ahí estaba, diciéndonos: “escuchen, aquí estoy.. feliz”.

El que observa y escucha cuidadosamente podrá gozar de tanta belleza que se nos presenta día con día.

Y así fue como, junto con mi familia, caminé con fe y fortaleza rumbo a la ceremonia de despedida que ya había preparado la familia para nuestro querido Toño, quien dejaba atrás esta vida terrenal.

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