Cuento corto: La Lic. Ortega

Con gran gusto les compartiré durante las siguientes semanas, el maravilloso resultado del MÓDULO DOS correspondiente a CUENTO CORTO. Comenzamos con el de MIRIAM CERECERES.

No olviden dejarme sus comentarios.

Permítame contarle lo que me sucedió en mi reencuentro con la Lic. Ortega. Usted podrá sacar sus propias conclusiones, a lo mejor coincidan con las mías, o bien, decida tener una percepción distinta de las cosas que le contaré. Sin embargo, le hago la aclaración que mi postura en relación con el comportamiento de la Lic. Ortega, no compromete ningún sentimiento positivo o negativo de mi parte hacia ella. Le prometo describir los hechos de manera objetiva para que usted juzgue a su arbitrio.


Le cuento a usted: Llevé mi coche a un taller mecánico que me recomendaron unas amistades. Al entrar al taller, me encontré a la Lic. Ortega después de años de no verla. Ella estaba sentada detrás de un escritorio de madera, en un pequeño cuarto mal pintado con un calendario de mujeres con poca ropa que estaba a punto de caerse de la pared. Por lo visto, se trataba de la oficina del taller.


De momento no supe qué pensar, porque me extrañó ver a la Lic. Ortega trabajando en un taller mecánico después de haber tenido uno de los puestos más importantes en la compañía donde ambas trabajamos algunos años atrás. Pero mi verdadera sorpresa, radicó en la nueva apariencia de la Lic. Ortega, que más allá de haber perdido varios kilos que tenía demás, de verdad, proyectaba en su rostro un semblante angelical que se adornaba con una sonrisa de amabilidad que jamás le había conocido. Su vestimenta sencilla y casual junto con sus tenis rosas, la hacían verse bastante rejuvenecida, muy distinta a la ropa formal y oscura que usaba en aquel tiempo cuando la conocí.


Al verme parada en la puerta de la modesta oficina del taller, la Lic. Ortega me pidió gentilmente que pasara y tomara asiento en una de las sillas de plástico que se encontraban frente a su escritorio. Pensé que no me había reconocido, pero me equivoqué, porque me saludó por mi nombre y dijo que le daba mucho gusto volverme a ver. Sin embargo, me extrañó que me reconociera de inmediato y se acordara hasta de mi nombre, porque la Lic. Ortega jamás se caracterizó por su cortesía y amabilidad, sino todo lo contrario, la mayoría de los compañeros de trabajo le temían por su carácter déspota y soberbio, además de cargar siempre una cara de pocos amigos.

Pero le sigo contando. Después de los saludos le expliqué a la Lic. Ortega lo del problema de mi auto, y ella como experta en mecánica automotriz, me dijo que de seguro era la bomba de la gasolina que ya no funcionaba. En eso, cambió de tema y me pidió disculpas por no ofrecerme antes una taza de café o un vaso con agua, le dije que no se preocupara por eso y le agradecí por su buen gesto.
–Permítame un momento por favor –dijo la Lic. Ortega y se retiró de la oficina para poco después llegar acompañada de un señor algo maduro que por su aspecto pensé que era el mecánico del taller.
–Le presento a mi marido –dijo la Lic. Ortega y el señor extendió su mano para saludarme con una sonrisa de hombre feliz, obviamente yo le correspondí de inmediato.

No le puedo negar a usted, la sorpresa de saber que la Lic. Ortega estaba felizmente casada. Se lo digo porque al menos eso parecía, ya que no dejaban de sonreír y de intercambiarse miradas como las de cualquier pareja enamorada. Pero jamás hubiera imaginado que Lic. Ortega con esa forma de ser tan arbitraria que tenía, a estas alturas consiguiera un hombre que deseara permanecer con ella el resto de su vida. Sin embargo, pensé que quizás el amor y un buen matrimonio, hayan contribuido para mejorarle el temperamento a la Lic. Ortega o vaya usted a saber por qué. Pero con independencia de lo que le haya provocado su radical cambio, me dio mucho gusto verla tan contenta.

Después de una buena charla que tuvimos entre risas gracias al excelente sentido del humor del marido y de contarme la linda historia de cómo se les ocurrió poner el negocio de un taller mecánico, la Lic. Ortega me dijo que no me preocupara por mi carro, y que se comunicaría conmigo en cuanto estuviera arreglado, así que nos despedimos con el mejor ánimo.

Pasaron tres días y la Lic. Ortega me llamó para avisarme que mi vehículo ya estaba listo y que fuera a recogerlo en el momento que yo dispusiera, así que ese mismo día fui al taller por mi automóvil y la Lic. Ortega me recibió con singular alegría para entregármelo.
–Le cambiamos la bomba de la gasolina por una nueva. Verá que ya no tendrá ningún problema con su carro. –dijo la Lic. Ortega y me pidió que pasáramos a revisar el auto en el taller. El marido me explicó con detalle el problema de la bomba y la necesidad por cambiarla. Luego, les agradecí por todas sus atenciones, y después pasamos a la oficina a liquidarles lo del arreglo del auto. Al terminar, nos despedimos entre abrazos y besos como los mejores amigos.


Ahora, no crea usted que le voy a exagerar, pero exactamente al día siguiente de la entrega del auto, me detuve en un semáforo y al tratar de acelerar al ponerse la luz verde, el motor del carro comenzó a apagarse sin que pudiera arrancar, como si se le estuviera terminando la gasolina, aunque le aclaro que el tanque estaba completamente lleno. Enseguida, un señor se bajó de su camioneta varada atrás de mi auto, y me ayudó a empujarlo mientras me gritaba que no dejara de pisar el acelerador. Por fin, logró arrancar mi vehículo con bastante dificultad, y me fui directo al taller de la Lic. Ortega para pedirle que lo revisaran, ya que seguía igual o peor que antes de llevarlo a su taller.


La Lic. Ortega estaba en la oficina y al verme no disimuló la sorpresa de mi visita. Después de saludarla, le expliqué tranquilamente lo sucedido con mi auto, pero, entre más le narraba los hechos, su rostro comenzaba a transformarse de una leve sonrisa a un gesto no muy grato. Sin embargo, ella guardaba silencio, mientras sus ojos se le iban convirtiendo en dos bombas de gasolina a punto de explotar.
–Permítame un momento, voy hablar con mi marido de su asunto –dijo muy seria y con las mejillas infladas de coraje. Para ese momento, ya no tenía nada que ver con la mujer sonriente y amable que me atendió al principio, pero sí mucho que ver, con la Lic. Ortega que conocí durante años en la compañía.


La Lic. Ortega salió rápidamente de la oficina, yo me senté en la silla de plástico para esperarla. En eso, escuché unos gritos que provenían del taller, por lo que me levanté para acercarme a la puerta y ver de qué se trataba. Era precisamente la Lic. Ortega como una loca pegando alaridos frente a su marido mecánico, mientras el hombre permanecía con la cabeza agachada y sin decir palabra como niño regañado. De pura curiosidad, me acerqué un poco más con la intención de escucharla mejor.
–¡Esta vieja nos quiere ver la cara de pendejos! ¡Ahora mismo le explicas que su maldito carro no sirve y que ya no se puede reparar! ¿Sí entendiste lo que dije o lo tengo que repetir para que lo entiendas? –así gritaba la Lic. Ortega con la misma dureza y maldad como en aquellos años en la compañía.


En aquel instante, llegué a pensar que los seres humanos ya no teníamos remedio alguno, que la Lic. Ortega jamás cambiaría. Siempre sería la misma que conocí. Recordé el antiguo refrán que dice: “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”. Así que mejor decidí subir a mi auto que afortunadamente encendió a la primera y me trasladé a otro taller mecánico, porque no quería ver nuevamente la cara de amargada de la Lic. Ortega.


Le cuento que estuve reflexionando por algunos días después de lo sucedido con la Lic. Ortega, y quizás usted coincida conmigo, o quizás no, pero a pesar de todo, sigo creyendo que todavía existe gente que pueda cambiar sus corazones, y que algún día, todas las personas de este planeta llegaremos a convertirnos en los seres maravillosos para lo que en realidad fuimos destinados a ser.


Y ¿Usted qué piensa?

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