Cuento corto: El niño que pudo hacerlo

Con gran gusto les compartiré durante las siguientes semanas, el maravilloso resultado del MÓDULO DOS correspondiente CUENTO CORTO. Continuamos con el de ANA GONZÁLEZ.

No olviden dejarme sus comentarios.

Los vecinos y algunas personas que pasaban por el lugar, se encontraban reunidos en torno a Alberto y su perro Pipo, a quienes miraban incrédulos. Hablaban a la vez, atropelladamente:
–Es imposible que con esas manitas lo haya logrado… es imposible. Se necesita la fuerza de “un grande”, ¿cómo pudo hacerlo?…
–Todavía no lo puedo creer, no entiendo cómo fue capaz de hacerlo…
Y así siguieron los comentarios por un rato, mientras el niño temblaba de frío y su perro, escurriendo no se separaba de su lado.

Se preguntarán cuál es el motivo de la improvisada reunión. Aquí les cuento la historia.

Alberto y su perro eran inseparables. Formaban una divertida pareja de un niño alegre de cinco años y su perro, cruza de Border Collie y perro del vecino. Cuando Alberto nació, Pipo ya era parte de la familia. Vivían en un pueblo pequeño y esa era una mañana fría, en la que el termómetro marcó por debajo de los cero grados. En esos lugares el clima no impide un paseo, así que el niño y su mascota decidieron salir, como todos los días.

Nancy, la madre del niño le abrochó la chamarra más gruesa que tenía, empujó un gorro descolorido que apenas le cupo en la cabeza y le dio un par de guantes a Alberto, los cuales dejó en la maceta que se encontraba a un lado de la puerta.
–No vayan muy lejos– le dijo al niño.
Se asomó por la ventana y verlos caminar uno al lado del otro, tan desenfadados y confiados le provocó una sonrisa. Nancy era una madre tranquila y tenía la certeza de que Pipo era un excelente guardián y protector para su hijo. Así que volvió a sus quehaceres.

Después de caminar un buen rato por el camino, Pipo frenó de repente y levantó la nariz porque algo llamó su atención: Era una perra que siempre andaba suelta en el pueblo, sucia y descuidada, pero ese día a Pipo seguramente le pareció hermosa, ya que en un parpadeo se separó de Alberto para ir a alcanzarla. El paso se convirtió en un veloz trote mientras Alberto corría y le gritaba, intentando frenar a Pipo en la carrera del amor. Pero no lo logró, las piernitas de Alberto nunca lograron alcanzarlos, hasta que llegaron al lago congelado que crujió bajo el peso de Pipo. De pronto, el hielo se rompió y el perro cayó al agua. La corriente interna lo desplazó unos metros por debajo de la parte helada, por lo que para salvarlo la única opción que había era romper la capa que lo cubría.

Alberto comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero al ver que nadie acudía, buscó rápidamente una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas. Golpeó, golpeó y golpeó hasta que consiguió abrir una grieta por la que metió el pequeño brazo para agarrar una pata de su compañero y salvarlo. Pipo logró salir. La causante del suceso, espantada, corrió sin siquiera voltear a ver al galán con su pelaje chorreando, la cola entre las patas, las orejas agachadas y la mirada asustada. A los pocos minutos llegaron los vecinos que habían oído los gritos de socorro.

Así fue como se dio la improvisada reunión que fue tema de varios días en el pueblo. Cuando Alberto relató lo ocurrido, no paraban de preguntarse cómo aquel niño tan pequeño había sido capaz de romper una capa de hielo tan gruesa.

–Yo no me explico, tal vez el miedo le dio la fuerza para hacerlo…
–Yo creo que fue algo que le dicen adrenalina– se escuchó también.
Uno de los asistentes dio un paso al frente.
–Yo sí sé cómo lo hizo –aseguró.
–¿Cómo? –preguntaron los vecinos sorprendidos.
Él respondió:
–No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

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