Santiago cerró la mano en un puño y golpeó la pared. Nadia se enfureció ante la actitud de su marido, pero bajó la vista; de hecho, no le sostuvo la mirada durante los minutos que tomó su altercado. El dinero que ambos ingresaban para los gastos del hogar era insuficiente, por lo que su trabajo como entrenadora pasaría de ser una alternativa para percibir un ingreso extra a una obligación. La mujer tomó su abrigo y se marchó hacia el sitio donde se celebraría el Campeonato Anual de Escuelas de Gimnasia, ya no con la perspectiva de ganar con tal de que la academia para la que laboraba mantuviera su prestigio, sino para sostenerse en su cargo.
Nadia se resistía a aceptar que el futuro de sus hijas hubiese quedado en las manos de Ivana ─una niña mimada y rica de doce años─ o, mejor dicho, en sus piernas. Como llegó más temprano de lo requerido, pues había dejado la casa para acortar la disputa con Santiago, se encontró sola, a las puertas del gimnasio, recordando la crueldad de su marido y su manera tan llana de expresar sus razones sin temor a lastimarla.
─Buen día, entrenadora. ¡Qué milagro verle tan puntual! ─la saludó Joel, el presidente del jurado, quien además era su amigo y conocía su constante informalidad.
Nadia respondió al saludo con sequedad y ambos ingresaron en el gimnasio. En menos de treinta minutos, las gradas y la pista del edificio se poblaron de los rumores de los asistentes, tal como la cabeza de Nadia se invadía con miedo.
«¿Y si Ivana no se presenta?», se cuestionó. Joel interrumpió sus cavilaciones para constatar si se sentía bien. Ella asintió, pegó sus ojos al libro de rutinas e imprimió un par de garabatos con su lápiz evitando poner los ojos en los de su amigo. Joel resintió el rechazo de Nadia y se fue. Segundos después arribó la señora Vela, la dueña de la Academia, que la había heredado y poco o nada comprendía acerca de las competencias.
─No esperaba verte aquí tan temprano. Siempre llegas tarde ─apuntó la señora Vela.
─Eso va a cambiar, se lo aseguro ─se apuró a responder Nadia.
La viuda miró a Nadia, extrañada, y sin saber qué había detrás de la frase la ignoró para celebrar cuánto se alegraba de verle y de no tener que recurrir a Joel para que le explicara los pormenores de la contienda. Igual que como había hecho con su esposo y con su amigo, la entrenadora evitó el contacto visual con la señora Vela y, con el libro abierto sobre su regazo, le detalló los tipos de ejercicios que serían evaluados durante el evento, el lugar específico dentro de la superficie de la duela en donde se hallaban instalados los aparatos, así como los puntos clave de la rutina de Ivana que la harían destacar y ganar el campeonato, o bien, fallar y perderlo.
Entre las pausas que hacía en su discurso, nuevas suspicacias martillaban su cabeza. «Si Ivana pierde puntos en la ejecución de las cuerdas, deberá recuperarlos en los ejercicios de piso». Efectuaba sumas hipotéticas al tiempo que se arrepentía de no haber dedicado mayores sesiones de entrenamiento a las flaquezas de su alumna.
Llegó Ivana y su primera duda se esfumó. Nadia la ayudó a vestirse, a hacer sus estiramientos, sus respiraciones y flexiones, le dio el toque final a su uniforme y a su tocado. Ivana lucía impecable. Para entonces, los dueños de las quince escuelas, sus representantes, familiares y amigos, abarrotaban el gimnasio. La competencia, con duración de cuatro horas, estaba por comenzar; cuatro horas que separaban a la entrenadora de volver su existencia un recorrido cuesta arriba.
Nadia observó de punta a punta el lugar. Recordó que no era la primera vez que había tenido que sobrevivir a los ademanes repugnantes de Santiago, a sus abusos, al dolor que le causaban su arrogancia y su indolencia. Podía hacerlo de nuevo.
Tomó por los hombros a su pupila y, por primera ocasión en ese día ―y quizá en semanas―, miraba a alguien a los ojos en una acción invasora, cediendo a su propia vulnerabilidad.
─Ivana, te deseo éxito. Entrega lo mejor de ti.
─Voy a ganar, sus ojos me acaban de dar esa confianza.
En el altavoz se escuchó la invitación del maestro de ceremonias: el evento comenzaba. Para los presentes, había llegado la hora de contender; para Nadia, la hora de ganar en la competencia, en la vida, en todo.

Alex M. Fourzán, derechos reservados.

De mi libro “Relatos para un viernes sin Dolores”.