Aarón llegó a casa de Marina, tarde. Suspiró antes de descender del vehículo. Admiró el verdor del jardín, la amplitud de los ventanales y caminó a saltos la ancha senda empedrada que conducía desde la calle hasta la puerta de doble altura y madera labrada. Ella lo recibió con una censura silente que expuso solo con la mirada; él la evitó y colocó la suya en el escote de su vestido de flores. Marina lo hizo pasar.

─Los niños están en su recámara. Voy a avisarles de que estás aquí ─formuló ella; y ascendió por la escalinata.

Aarón fijó su vista en el trasero de su ex esposa, luego en los candelabros de oro, la carpeta fina, los vitrales y los amplios sofás del salón. Era la primera ocasión que Aarón traspasaba el umbral de la suntuosa vivienda. Sus hijos, dos varones gemelos de nombres Enrique y Esteban, lo observaron con la cabeza metida entre los barrotes de la escalera; luego, sin atreverse a bajar, murmuraron entre sí antes de devolverle el saludo. Gabriel, su padrastro, se colocó en medio de ambos para acariciarles el cabello. Los menores se dejaron hacer y pegaron sus espaldas, como gatos, a las piernas de aquel.

─Anden los dos a abrazar a su papá ─ordenó el actual esposo de Marina; ellos obedecieron al instante.

─Llegaste tarde ─reclamó Enrique.

─Otra vez ─completó Esteban.

Los gemelos solían hablar así, en frases cortadas que completaban el uno al otro.

Aarón no supo cómo responder al reclamo porque su atención se centraba en el abultado vientre de Gabriel, en sus brazos y sus piernas rollizas. «¿Cómo puede Nadia meterse en la cama con esa bola de manteca?», se preguntó. Gabriel ofreció su mano a Aarón y este tuvo que corresponder al saludo. Los dedos de Gabriel eran gruesos, carnosos. «¡Y pensar que con esta mano grasienta aprieta sus senos!», seguía con sus cavilaciones. Aarón no había dejado de desear a Marina; si bien, ante sus ojos, el divorcio la hizo parecer repugnante y demacrada, tras su reciente matrimonio lucía hermosa.

─El partido de fútbol terminó hace quince minutos ─apuntó Enrique.

─¿Pero qué significan quince minutos de retraso en un universo en el que justo acaba de descubrirse que la luz del sol viaja a menos de trescientos mil kilómetros por segundo? ¿No es así, Aarón?

Gabriel gozaba de burlarse de Aarón cuando, ocasionalmente, coincidía con él en alguna parte. Le bastaba con enunciar un tema relativo a su profesión ―o bien con fingir interés en cierta novedad científica― para que Aarón iniciara una de sus peroratas. Como siempre, Aarón inició una tediosa conferencia haciendo gala de sus conocimientos en ingeniería física.

─¡Ay, no! Ya está mi papá con sus discursos ─se quejó Enrique con Esteban.

─Otra vez ─completó Esteban con una risita.

Gabriel tomó a los gemelos del cuello y los condujo hacia la cocina con suavidad. Marina y Aarón les siguieron.

─Vamos. Vamos a escuchar a su papá, chiquitos. ¿No saben acaso que hay personas que pagan por leer lo que su padre tiene que decir? ¡Nosotros tenemos la ventaja de tenerlo aquí, en exclusiva y gratis!

Gabriel hizo un guiño a una enfurecida Marina. A la mujer le irritaba esa jocosa iniciativa de Gabriel porque no toleraba la voz de Aarón; aún más, le repugnaban sus gestos, sus poses y se cuestionaba cómo había sido capaz de engendrar a sus adorados gemelos con ese hombre que hoy solo provocaba su repugnancia.

Aarón, por su parte, hablaba y hablaba mientras advertía con envidia la docilidad con que sus hijos se dejaban guiar por las manos gordas de su anfitrión. Marina aprovechó una pausa de Aarón para tomar agua del vaso que con diligencia le había servido Gabriel e interrumpió a su ex marido.

─A pesar de que acordaste llegar a las cuatro y ya son las seis, aún tienen dos horas para que puedan convivir y hacer… algo. En fin, los dejamos solos. 

Gabriel se despidió de Aarón, tomó a Marina de la curva de su cintura y sus siluetas desaparecieron de la cocina. A Aarón le pesó verse involucrado en semejante escena, pero ese domingo andaba corto de dinero y tuvo que aceptar la sugerencia de Marina de gozar de su tiempo semanal con los gemelos quedándose con ellos en casa. Se sumió en un ensimismamiento del cual solo pudieron sacarlo las voces de los niños. Les propuso cocinarles una pizzay los pequeños saltaron gustosos y sacaron de las gavetas los instrumentos e ingredientes que listó su padre.

Aarón aprovechaba los ratos que pasaba con sus hijos para hacerles las mismas dos preguntas incómodas que los gemelos contestaban ─raro en ellos─ al unísono y con monosílabos.

─¿Su mamá les dice cosas en contra mía?

─No.

─Y Gabriel, ¿les habla bien o mal de mí?

─Bien.

Hechas y respondidas las dos preguntas de rigor, Aarón respiró con alivio. Quería a los menores, se preocupaba por ellos, sobre todo por su educación; era aficionado de instruirlos y de referirles datos interesantes que lo apasionaban. Esa tarde, por ejemplo, les enseñó a obtener el radio de la circunferencia de la pizza y a calcular su superficie. Los gemelos lo atendían más por amor que por avidez de cultura; lo adoraban a pesar de su falta de compromiso.

«Tu impuntualidad es una expresión de tu ego, de tu sentimiento de superioridad. Como eres muy inteligente, te crees mejor persona que el resto». Tal reclamo en voz de Marina sonaba asaz aburrido; en la de su psicóloga, alarmante. A pesar de ser consciente de su defecto y de sus esfuerzos por combatirlo, no lo conseguía: ahora el precio lo pagaba con sus propios hijos.

Un potente golpeteo, constante, rítmico, que provenía del segundo nivel de la vivienda, lo volvió al momento presente. «Ya se me hacía raro que ese elefante me hiciera pasar y me ofreciera su regordeta mano», reflexionó Aarón.

Los gemelos, inocentes y ajenos al significado de la percusión de la cabecera matrimonial, se lanzaron a preparar la estancia familiar. Acarrearon platos, vasos, refrescos, servilletas, los pusieron sobre la mesita y encendieron el aparato televisor para sintonizar una película infantil. Aarón permaneció callado, trabado de coraje, con un dolor atravesándole la garganta.

─¡Ven acá, papá! ─gritó Enrique.

─Siéntete como en tu casa ─completó Esteban.

«Sí, como en casa», musitó Aarón.

Alex M. Fourzán, derechos reservados.

De mi libro “Relatos para un viernes sin Dolores”.