«Lo sentimos mucho, señor Hugo Sánchez, pero la fotografía que ingresó usted a nuestro concurso carece de originalidad y, por ende, ha sido descalificada. Una similar, con la misma temática, participó el año anterior. La adjuntamos para mejor referencia». No lo puedo creer. ¿Cuántas veces ha podido alguien fotografiar a una osa salvaje gruñendo a un vehículo de bomberos en defensa de su osezno, que quedó atrapado en un contenedor de basura? Mi imagen tiene que ser única. ¡Vaya! El mentado adjunto me confirma que me equivoco, es semejante en todo. A Esmeralda le alegra mi descalabro y enfila sus carcajadas hacia nuestra recámara en franca burla hacia mí, bueno, hacia el señor «Hugo Sánchez», seudónimo que utilicé para competir, pues mi nombre real es demasiado conocido: aparece escrito en los diarios dominicales y entresemana cuando juego algún partido internacional.
Soy Diego Armando Oropeza, portero del Club Real de Granada y seleccionado nacional de fútbol. Me llamo Diego Armando en honor al futbolista argentino de quien mi madre era admiradora. La traté poco, a mi madre; más bien me crié con mi abuelo, un fotógrafo de la revista El Juicio. La historia de mi abuelo con la revista es interesante. Comenzó repartiéndola entre los puestos callejeros hasta que el dueño de uno de los quioscos le regaló una cámara vieja. Con ella empezó a captar los aspectos comunes y rudimentarios de la ciudad. Tiempo después, el jefe de redacción de la revista lo sorprendió revelando unas fotografías en las instalaciones; tanto le agradaron que, en lugar de despedirlo, le encomendó cubrir una manifestación popular. A partir de entonces, mi abuelo se convirtió en el fotógrafo consentido de El Juicio.
El día de mi cumpleaños número siete, mi madre me obsequió con un balón de fútbol; mientras que mi abuelo, con una cámara. Las dos pasiones se me metieron en la piel. Cuando mi madre murió, yo tenía once años; fue tanta mi pena que quise honrarla cumpliendo su sueño de dedicarme a ser futbolista. En un país como este, ser futbolista es equivalente a ser un semidiós; y, para mí, un hombre tan terrenal, no ha resultado fácil. Gracias a las conexiones de mi abuelo con la prensa, esta ha sido buena conmigo, pues él comprende el teje y maneje del periodismo desde su interior. Eso me ha ayudado a mantener a raya a los reporteros que se mueren por verme hundido y mi carrera acabada. Por ejemplo, cuando decidí unirme con Esmeralda, una vedete venida a menos y madre soltera, me tacharon de idiota.
Mi mujer y yo no hemos podido concebir hijos en común, a pesar de que los médicos dicen que no hay nada malo en mí; ni en ella, está demostrado. Como aseguraron que se trataba de un problema de estrés, hace unos meses decidí invitarla a la estación de Bayárcal, para pasar unas vacaciones. A los dos nos gusta esquiar y somos buenos haciéndolo. Estando allí, una noche, ella me despertó para advertirme de los lamentos de un animal que parecía estar sufriendo. Le respondí que no escuchaba nada, pero entonces un aullido fuerte nos estremeció y abandonamos la cama para acercarnos al ventanal. Frente a nuestra cabaña, encima de un contenedor de basura enorme, una osa salvaje trataba en vano de rescatar a su osezno, que había caído en el interior. El propietario de la cabaña contigua, preocupado y temeroso, hizo una llamada a los bomberos y otra a nosotros, para alertarnos. Esmeralda, impactada, comenzó a llorar y a andar de un lado para otro, con las manos sobre las orejas. Le pregunté el motivo de su estado nervioso. «Siento como si fuera mi hijo el que está llorando». En efecto, aullidos de menores decibelios ―pero igualmente de suplicio― emergían del contenedor. Me burlé de ella, a lo que respondió que yo no entendía.
Llegaron los bomberos, y la osa, bamboleando sobre el bote, gruñía en su contra, amenazante. Ignoré a Esmeralda. Corrí por mi cámara y salí al balcón para capturar el momento, ufano de haber captado la mejor imagen del mundo, digna de un concurso. Entretanto, mi mujer se encerró en el baño para llorar. Luego, llamó por teléfono a su madre y le pidió que despertara al niño para hablar también con él. Le pedí el favor de que no hiciera eso, que le asustaría y ahuyentaría su sueño. Así me lo espantaba mi madre cuando lloraba arrepentida desde algún cabaret, en algún lugar del planeta. Mi abuelo me arrebataba la bocina y la mandaba al diablo. Esmeralda no quiso atenderme y la oí prometerle mil regalos y enviarle mil besos. Luego, me reclamó. ¿Qué clase de hombre era yo, tan frío, capaz de fotografiar un animal sin hacer mío su dolor? Comenzó a empacar y así concluyeron aquellas vacaciones que prometían ser un alivio para nuestro estrés.
Recuerdo que esa misma madrugada soñé que Esmeralda se acercaba a mí, coqueta y vestida a medias; me lamía los muslos, la entrepierna… pero de pronto, su cara era la de una osa que abría el enorme hocico para decirme: «Te nombré Diego Armando porque quiero que seas un famoso futbolista». Desperté aterrado. No quiero estar a merced de las osas. Metí la fotografía al concurso, confiando en que saldría premiada. Sé que sería un destacado artista si tan solo me hubiera dedicado a la fotografía desde joven. Quizá soy el mejor portero del país ―algunos aseguran que del mundo―, pero hoy fui vencido por un animal; por un animal como yo, cargado de dolor.
Osa, tres goles; Diego Armando, cero.

Alex M. Fourzán, derechos reservados.

De mi libro «Relatos para un viernes sin Dolores».