«Coser es el arte de pegar la vida con nuestros pedazos». N. Noll.

El local abrió a las nueve de la mañana, justo cuando el sol encajó sus agujas de luz en las ventanas. El sol es el amigo indispensable de la costura. No se puede enhebrar, hilar, hilvanar… sin la luz, sin claridad. Soledad se sentó al filo de la ventana, con el gancho para deshilvanar en una mano y un pulóver en la otra. Debía retirar un símbolo de la etiqueta sin rasgar el tejido.

─Me tapas la luz, Soledad. ¿Te crees dueña del ventanal, acaso? ─se quejó una de sus compañeras.

─Lo siento, pero debo descoser este símbolo. El señor Montes dejó de trabajar para la compañía de motores y le pidió a la dueña que le retirara el escudo sin estropear la prenda. ¡El pobre hombre! Si yo estuviera en su lugar tampoco querría deshacerme de él, se ve de tan buena calidad. Miren ─Soledad se levantó de un salto y se paseó por los escritorios de una de sus compañeras para mostrarles la calidad de la prenda─, me pregunto si se lo descontaron del salario o se lo obsequiaron como parte de sus prestaciones.

─¡Soledad! ─la reprendió Ruth, la mayor de las costureras y prima de la dueña del negocio─. No te viene bien hacer esa clase de comentarios.

Soledad se disculpó sinceramente compungida y regresó a su lugar en la ventana. El resto de las costureras rieron y ella miró a Ruth con desafío, pero esta no pudo obsequiarle a cambio una mirada equivalente. La suya iba mezclada con ternura, pues el rostro de Soledad era en todo parecido al de su hija.

Al día siguiente, Ruth arribó al taller al filo del amanecer y se acomodó sobre una silla, en un rincón de la sala de costura. Soledad arribó a las ocho y media, colgó su abrigo en el reducido armario que estaba en el fondo del gran salón, corrió las cortinas y, sin enterarse de que Ruth estaba ahí, procedió como de costumbre a hojear las notas de venta del día anterior, que la cajera ponía en orden y computaba a su llegada. En ellas quedaban asentados el nombre del cliente, el tipo de trabajo solicitado, la costurera asignada, el precio pagado por el servicio y si este había sido cubierto por entero o fiado.

A eso de las nueve, Ruth abandonó su silla y se encaminó hacia el mostrador, tosiendo. El ruido sobresaltó a Soledad.

─Ruth, me ha asustado ─la reprendió Soledad─. ¿Pero desde cuándo está aquí?

─Desde el amanecer ─respondió Ruth y se guardó un rosario en el bolsillo de su falda.

─No sabía que usted rezara. ¿Usted cree en Dios, Ruth? ─preguntó mientras cerraba con disimulo el libro de cuentas.

─Sí, Soledad, rezo; y todas en el local lo saben. Soy como un libro abierto.

Soledad comprendió que había sido descubierta y se apuró a cruzar hacia el área de costura para ocupar su sitio.

Al mediodía, debido a las grises nubes que poblaban el cielo, las costureras tuvieron que encender sus lámparas. La dueña apareció de improviso acompañada del electricista del pueblo, con quien discutía acerca de la conexión de un calentón eléctrico en una de las paredes.

─Para calentar este cuarto necesita dos calefactores ─observó el técnico.

─No tengo dinero para conectar dos ─replicó la dueña. Las costureras fijaron su atención en ella, y agregó─: al menos, por este invierno. Haga el cableado y el invierno que entra lo compraré.

─Como quiera, señora, que yo cobraré lo mismo ─repuso él.

La dueña se despidió, pero antes de irse les advirtió a sus empleadas que eran apenas las dos, que el permiso de encender las lámparas en invierno se daba hasta las tres. Las apagaron, pues, con molestia. Sin poder resistir al menos quince minutos con la boca cerrada, Soledad hizo su réplica.

─No entiendo por qué dice que no tiene recursos. ¡Si el negocio va de maravilla! ¿Saben cuánto le cobró a la señorita Martín por su vestido de bodas? Quince mil pesos que pagó de un golpe, con cheque y por adelantado.

Las mujeres se miraron unas a otras, enojadas.

─Ese calentador no valdrá más de cuatro mil y el trabajo de instalación no más de mil. Con el cobro de ese vestido se pueden conectar hasta tres calentadores. Eso no es nada, por los uniformes de las bailarinas cobró quinientos pesos por tutú.

―¿Por tutú? ¡Pero si es solo un retazo de tul con elástico! ―exclamaron las otras, con disgusto.

Soledad encendió su lámpara y retó a Ruth con la mirada. Las demás hicieron lo mismo. Esta vez, Ruth no pudo defender a su prima como en otras ocasiones y, en un gesto de solidaridad con sus compañeras, encendió la suya. Soledad sonrió y recordó cómo fue que esa mañana la había encontrado rezando el rosario, a oscuras. No lo comprendía, como tampoco entendió por qué decidió infringir las directrices de su prima.

Hizo cuentas, hacía cuatro años que trabajaba en el mismo lugar que Ruth y apenas sí la conocía a pesar de que la vigilaba. Observaba su ropa, registraba sus cambios de bolso y de zapatos, sabía que vivía sola, que gastaba poco, que remendaba su ropa en el miso taller.

Esa tarde, al terminar la jornada, se animó a invitarla a tomar un café y, para su sorpresa, Ruth aceptó. Platicaron poco. Ruth se limitó a ver pasar a la gente que caminaba por la plaza al otro lado del balcón del restaurante entretanto Soledad le contaba fragmentos de su vida.

─¿Sabes por qué acepté tomar este café contigo? Porque me ausentaré del taller y del pueblo por un buen rato. ─Soledad no pudo fingir su sorpresa ni su tristeza. Ruth continuó─: Mi hija está muy débil, me necesita. Perdió un bebé … y mucha sangre.

─Si puedo hacer algo por usted, dígalo.

Ruth sacó su rosario de la bolsa y lo puso en la mano de Soledad.

─Reza por mi hija ─afirmó Ruth envolviendo con su mano el puño cerrado de Soledad.

Ruth ya no se presentó a trabajar. Las muchachas elucubraban si se habría peleado con la prima por motivo de los calefactores u otro asunto. Le rogaban a Soledad que las sacara de la duda, puesto que siempre estaba enterada de cuanto ocurría en el taller y fuera de él. «¿Y qué, Soledad? ¿Esta vez no hablas?», alegaban unas y otras.

─Sí. Diré que el tiempo es corto y nunca suficiente para conocer a los que nos rodean.

Hay horas de luz, horas grises, horas para reír, horas para el dolor, horas para estrenar, horas para remendar; otras, son solo horas para hilvanar.

Alex M. Fourzán, derechos reservados.

De mi libro «Relatos para un viernes sin Dolores».